viernes, 8 de diciembre de 2017


¿TAN MAL HUELE EL SUR DE MURCIA?

Aún con la cuidad dormida, el caminante (yo en este caso) advierte que el nuevo día de diciembre va a ser a pesar del frío intenso, esplendoroso, radiante, lleno de color y olores. El caminante además sabe por su experiencia de otras muchas ciudades visitadas y recorridas que no existen dos ciudades iguales, por supuesto, la suya nada se parece a otras, pero sí que en ella hay dos partes bien distintas penosamente, pues nada mas atravesar el Puente Viejo se aventura una ciudad nueva, una ciudad que deja atrás con mucha diferencia a la andada en su punto de partida, una ciudad, aquella, derrotada por el descuido y la dejadez de sus gobernantes. Los turistas marcan este día la diferencia de lo dicho anteriormente, pues el caminante no ha visto ni uno tan siquiera, solo los que salen despistados de los hoteles baratos del otro lado, por ello, la plaza de la catedral está  atiborraba de curiosos turistas que todo lo quieren ver y conocer a pesar que la oficina de turismo, pegada al lugar, está cerrada como siempre, ellos son autosuficientes con sus guías nativos, sus descripciones en otros idiomas, realzan los ecos de la plaza majestuosa . Ahora es cuando el caminante, buen conocedor y amante de Murcia, se hace la pregunta: ¿tan mal huele la ciudad en la parte sur?, ¿por qué esa diferencia injusta e inaceptable? Entonces, atravesando la arteria principal, el casco antiguo, sale de dudas, pues se abre una ciudad majestuosa, cuidada, lavada incluso, por máquinas que no cesan de pasar sus rodillos, barrenderas y barrenderos apuestos y eficaces que todo lo limpian, devolviendole el lustre. Defraudado una vez más el caminante vuelve  vencido por el desánimo de entender que hay dos ciudades en una, una urbe partida por un río, por el desastre del asunto del soterramiento, por los barrios llenos aún de basuras, contenedores tirados por el suelo, bares destartalados, mendigos que buscan en los tachos de la basura, inmigrantes que calientan sus coches con el grado de polución que ello conlleva, y sobre todo el caminante advierte ya en el portal de su edificio, esos olores, la espesa capa de humo, de bruma discriminatoria que siempre ha diferenciado desgraciadamente a los ciudadanos del norte con los del sur, una diferencia que siempre han procurado los poderosos,  los gobernantes de las ciudades desde la noche de los tiempos y que no hay manera de acortar a pesar del progreso, el avance de las tecnologías, los discursos filosóficos y los variados tratados postmodernos sobre el individuo.



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