jueves, 28 de enero de 2016

CLEOFÉ CAMPUZANO, UNA POETA EN BABEL

(Seis breves textos para una joven poeta)



UNO

Para mí todas la manifestaciones artísticas, llámense, poesía, teatro, cine, pintura u otras, siempre están sujetas a la muy libre interpretación de los lectores, espectadores, observadores, estudiosos....
Por tanto, yo que tanto recelo de los conceptos 'acadecimistas' en estas lides, considero a la poeta, Cleofé Campuzano (Archena, Murcia, 1986) una librepensadora, en el más amplio sentido de la palabra.


DOS

La poeta, Cleofé Campuzano, es un ejemplo para mí de librepensadora en tiempos difíciles, o pensadora libertaria, porque hace con un estilo ya definido de sus creaciones, auténticas verdades, basadas en la libertad del individuo, pues sus poemas son de una gran profundidad metafísica que por un mágico o habilidoso procedimiento intelectivo, que no 'culturalista', hacen que sus poemas sean ensoñaciones, pensamientos, aforismos, ideas, con gran poder de seducción hacia el espíritu del ser humano.

TRES

Los versos de Cleofé son también ejercicios de inducción y exploración artística; la poeta, transita e induce, convocando al lector a través de las imágenes de sus poemas. También lo insta a una mirada 'meta-artística', por ello, algunas de sus creaciones poéticas revisan los más recónditos aspectos del arte, ofreciéndole casi siempre no solo la realidad sino el envés o reverso, el azar electivo, del cuadro, fotografía, video-arte, performance, instalación sonora...

                                                                         CUATRO

Contento, orgulloso y feliz estoy de conocer de primera mano la obra poética de esta poeta inédita en libro individual, pero con gran prestigio ya por alguna de sus publicaciones en diferentes revistas, antologías y recitales poéticos, una poeta que entronca con las más prestigiosas tradiciones literarias de exploración del lenguaje, un lenguaje que busca otras realidades y compromisos afines a aquellos escritores desde el pensamiento, y desde la imagen poética.

CINCO

No es una poesía fácil la de Cleofé Campuzano por su compromiso indagador, pero es una poesía cercana para el lector ávido en el conocimiento del ser humano, una poesía que indaga en aquellas galerías interiores con el ánimo de encontrar las soluciones o aperturas a los grandes conflictos que asolan a nuestra alma: el amor, el paso del tiempo, lo irracional, el absurdo, la hipocresía, la envidia, la barbarie, entre otros elementos tan cercanos a aquél ser humano de hoy.


SEIS (epílogo)


Finalmente con estas humildes palabras quiero agradecer a Cleofé Campuzano el haber aceptado participar en el ciclo POESÍA EN BABEL, que coordino, y organiza el director de la galería Babel en su espacio artístico de Murcia. Gracias poeta y lo digo en palabras machadianas, por levantarte y acostarte poeta. Mi más sincera felicitación por tu todavía incipiente obra, a la que le auguro un gran futuro, una poesía llena de inquietud existencial con un desenlace que bien puede salvar a ese tan denostado ser humano de hoy.



José Cantabella










martes, 26 de enero de 2016

PUNTA VELA


esta magnífica mañana
de primavera mientras paseo
por la playa de Punta Vela
hago un análisis meta-físico
de esa mujer espléndida
que luce sus protuberantes pechos
ante un sol deslumbrante
que como yo la contempla
feliz          excitado
















lunes, 18 de enero de 2016

LA LLAMADA





Yo llamaba todas las noches a ese teléfono desde mi despacho, en el fondo a sabiendas de que nadie tomaría el auricular y se lo llevaría a la oreja, nadie contestaría a mi llamada, a pesar de todo y mientras tomaba el aparato al mismo tiempo que miraba a la calle por la ventana del despacho el viejo rótulo iluminado de color azul pálido, continuaba llamando durante un rato después de cenar, pues mi vida anodina no invitaba a otra cosa en aquella época que mirar a la calle por la ventana de mi despacho y hacer la llamada, mi fiel aburrimiento se abastecía de inventar esa especie de juego, si es que se le puede llamar juego a esas actividades, digamos, ocultas. Yo no dejaba pasar ni una sola noche en la que no llamara a aquél maldito número que tenía tatuado en mi memoria, ojalá lo hubiera olvidado, siempre me dijeron que el tiempo todo lo borra, pero en este caso no se cumplía la prerrogativa, a mí el dichoso teléfono no se me olvidó nunca. El caso es que no sabría explicar cuándo lo registré por primera vez, si es que hubo una primera vez, la verdad es que tuvo que haberla, aunque ya no me acuerdo, quizás lo vi en algún anuncio del periódico, en el rótulo de algún edificio o yo que sé dónde demonios lo pude ver, tal vez alguien lo dejara olvidado en un papel apuntado encima de mi despacho y que luego más tarde anduviera de cajón en cajón por mi casa, no sabría ahora decirlo, lo único que tengo claro es que el número parecía sonar en mi cabeza y cuando llegaba la hora, como he dicho antes, siempre después de la cena, alguien me dictaba sigilosamente la numeración, alguien me susurraba al oído: llama, llama, llama...
He de reconocer que siempre albergué la esperanza de que por lo menos lo cogieran una sola vez, por eso yo me decía para mi adentros, seguro que hoy te contestarán, pero nunca jamás a lo largo de estos últimos años nadie contestó a mis llamadas, nadie quiso cumplir y satisfacer lo que yo consideraba ya más que un juego, un capricho, una ilusión, el deseo de ver cumplido un sueño; mientras tanto sonaba al otro lado del hilo telefónico el tono, y yo me decía cógelo, cógelo, maldita sea, pero por qué no lo coges...
Así fueron pasando los días, los meses, los años, de esa manera fue creciendo mi ansiedad porque al otro lado, alguien, quienquiera que fuera, que hiciera el simple gesto, la nimia ostentación de levantar el auricular, aunque tan sólo fuera en señal de agradecimiento por tantos años de constancia, ya que desde que llamé por primera vez un sábado cualquiera de un año cualquiera, momento inaugural aquél en el que serían las diez de la noche, después de cenar e insistí durante un rato y no dejé de hacerlo, miles, millones de llamadas diría yo que habré hecho en estos últimos años, pero nunca nadie tuvo el coraje de contestar, ahora que ha pasado tanto tiempo me pregunto los motivos por los que no me contestaron, a saber...
Durante estos últimos años, después de la media noche, cuando me acostaba en mi camastro antiguo e imaginaba el lugar, era capaz de ver un despacho de oficina, con muebles antiguos, algún cuadro arcaico en las paredes corroídas por la humedad que había levantado la pintura barata, una leve iluminación, un cuarto donde casi dañaba el silencio sepulcral nocturno, el triste, sucio y sombrío lugar donde sonaba el teléfono y donde de golpe yo era capaz de oír los timbrazos del teléfono de mi propia llamada al otro lado.
Hoy que casi puedo abrazar la muerte he despejado por fin la incógnita, hoy puedo saber por qué nadie tomó el teléfono durante todas las noches de los últimos años, ya he conocido el motivo por el que me menospreciaron mis llamadas, y ningunearon mis ansias de satisfacer ese deseo, y hay que ver qué ingenuo fui durante todos aquellos años, pues he sabido finalmente y con lágrimas en los ojos que en los últimos años estuve llamando al antiguo edificio que está en enfrente del mío, y me he emocionado mucho al comprobar cuando esta noche después de cenar he llamado como de costumbre y después de muchos tonos, lo han cogido, increíblemente alguien se ha tomado la molestia de coger el teléfono, una voz delicada pero firme al mismo tiempo ha dicho: “Funeraria Saturnino dígame”, y yo prácticamente sin salirme la voz del cuerpo, he acertado a agradecerle de todo corazón todo este tiempo de espera, todos estos años en que no han atendido mis llamadas, y que en realidad no quería nada en concreto a esas horas, le he pedido por favor que me disculpara, que todo era simplemente un juego, el capricho de un hombre que no tiene nada que hacer y que después de la hora de cenar y hasta pasado un buen rato marca un número de teléfono que quedó grabado hace muchos años en su memoria, también le he comentado sin un rastro de rencor que por qué hoy sí ha sentido mi llamada, y él con su dulce voz me ha contestado con una ejemplar simpleza que siempre después de cenar abandona la Funeraria un ratito y suele salir a dar un paseo por las inmediaciones del edificio, y luego al volver de dar el paseo mira en el tablero de la centralita los números que han quedado grabados y este teléfono, el mío, sin tener un motivo claro nunca le interesó, no se tomó jamás la molestia de devolverme la llamada.



(Este relato pertenece a mi libro: Llegarás a Recuerdo (Azarbe, 2.007), pero previamente se publicó como inédito en la Revista Barcarola de Albacete. Número 71-72).

                                    
  (Portada de Francisca Fe Montoya)







viernes, 15 de enero de 2016


         GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

MONÓLOGO DE ISABEL VIENDO LLOVER EN MACONDO

                                             (1.955)


El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.

         Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
         Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
         El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.
         Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
         Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
         Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
         Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo “¿Qué?” Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.
         Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.
         Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. “Debe haber escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: “Dónde...”, dijo. “¿quién esta ahí?”, dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. “Soy yo”, dijo Y yo le dije: “¿Los oyes?” Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!” Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes...”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”.
         No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. “estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto de la cama. Grite: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: “No pueden oírte porque ya están fuera”. Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.
         “Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.





lunes, 11 de enero de 2016

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

A Matias Cantabella Pardo



Hoy, por razones obvias,
me siento más cercano que nunca
a tu poesía, Juan Ramón.
Poeta ya universal, eres,
el que siempre admiré,
por la intensa
exploración en tus versos
sobre la belleza, el amor,
y, por el profundo
dolor y nostalgia que sentiste
por tu exilio.

Hoy, poeta de Moguer,
te digo: gracias,
pues me siento de verdad,
como tú hace cien años
un poeta reciencasado.



Este poema está dedicado a D. Juan Ramón Jiménez cuando se cumplen cien años de la publicación de su libro DIARIO DE UN POETA RECIENCASADO.















domingo, 10 de enero de 2016

POESÍA




                Para Marisa López Soria




Que tú eres poesía
sólo lo sabemos nosotros dos.
Nada importa que ellos
digan que eres narrativa,
ensayo o teatro.
Qué sabrán ellos de literatura.
Acaso conocen de tus besos.