lunes, 20 de julio de 2015

CINES DE VERANO


A pesar del empeño de la modernidad existente en los tiempos que corren por abolir ciertas costumbres, no siempre lo consigue. Existen afortunadamente todavía paraísos donde el ciudadano se siente libre de peligros que lo acechan, una muestra evidente la constituyen los cines de verano, allí parecemos estar afuera de todo, emancipados, independientes, invadidos por una sugestiva voluptuosidad. Entonces, cuando entramos en estos recintos al aire libre, se establecen las más variopintas versiones de la felicidad y la dicha, podemos desde el primer momento sin ataduras y con toda confianza recorrer los laberínticos asientos en busca del lugar preferido, repantigarnos y cambiar de postura en las incómodas sillas (a no ser que un cojín de los sillones del salón de casa nos salve), dejándonos llevar de este modo por la brisa de la noche veraniega para disfrutar de dos películas que no hemos podido ver durante el invierno en salas cerradas, acompasado y aderezado todo con algunos elementos que conforman el placer y la ventura de nuestro particular emplazamiento empíreo: el sonido de fondo del crujir de las pipas y palomitas en decenas de bocas a coro, voces, susurros y murmullos de la concurrencia, junto al sonoro chasquido que produce el abrir de bolsas de plástico y luego el papel de aluminio cuando los parroquianos decidimos en cualquier momento comernos el sabroso bocadillo, además, no dudando en ir las veces que sea preciso al aseo o a la cantina del sitio donde podemos encontrar todo tipo de bebidas que pronto saborearemos sin ningún remilgo después de ingerirlas a gollete, y como brindis final para celebrar la relajada velada, también vendrán acompañando a ese airecillo casi siempre asfixiante que nos procuran las noches veraniegas, unas bocanadas de humo que los emocionados espectadores espiran inmediatamente de suministrar grandes caladas a sus cigarrillos, regaladas expresamente a los no fumadores o exfumadores, proporcionando de esta manera una acompasada orquesta de sensaciones.
En la bella y olvidada ciudad de Recuerdo donde vivimos siempre hubo varios cines de verano, y existió desde tiempos pasados la costumbre de acudir a ellos, bien a los que se hallan en pedanías o pueblos de la región con playas o sin ellas. Nosotros desde bien chicos íbamos según correspondía por el circunstancial emplazamiento, con la pandilla de los amigos de la playa o con la caterva de los pocos camaradas que en verano quedaban en la urbe, y hemos de reconocer que, ahora de adultos cuando regresamos de vez en cuando, esta saludable costumbre no ha perdido su encanto, seguimos sintiendo esa acompasada orquesta de sensaciones de siempre. Estamos seguros de que nuestros hijos que ya iban acompañándonos de pequeños, habrán percibido también las mismas o parecidas impresiones y emociones, ellos serán a pesar de la modernidad de los tiempos que corren los que velarán para que algún día un negociante, un economista oportuno o un experto en nuevas tecnologías no se le ocurra la brillante idea de inventar algo que pueda sustituir esta maravillosa, conveniente y provechosa tradición de ir a los cines de verano.


 

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