lunes, 29 de agosto de 2016

EL INFIERNO TAN QUERIDO




Me dices que has llamado
esta tarde fría de octubre
y que nadie cogía el teléfono.
Es curioso el azar, pues yo también
te he llamado y tampoco contestabas.
Aún así, decido cruzar el infierno
y llego de nuevo a ti, y qué bueno,
pues, como siempre, estás ahí esperándome
en cualquier zaguán, esquina o en tu casa.
Aunque ahora la noche es gélida y de lluvia pertinaz,
nada importa porque estamos juntos,
y nos echamos a la calle
buscando tus fabulosos paraísos nocturnos
inundados de luz y de colores.
Hablamos de nuestros asuntos
mientras bebemos como cosacos
hasta que la aurora casi nos sorprende
en cualquier zaguán, esquina
o abriendo la puerta de tu casa
que tan bien conozco,
y nos besamos, como sólo nosotros
sabemos besarnos.
Entonces, buscamos a oscuras tu habitación
encontrando enseguida las sábanas y mantas calientes
y hacemos el amor, como sólo nosotros sabemos,
es decir, con amor,
hasta que un sol tenue va entrando
por las rendijas de las persianas
advirtiéndonos que todo ha sido ayer,
que ya es mañana, es decir hoy,
cuando tengo que regresar y cruzar
de nuevo el infierno tan querido
que me conduce a otra casa, otra cama,
a otra vida, donde tú no estás,
donde nadie me espera desde hace años.




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