miércoles, 25 de diciembre de 2013

                                                NAVIDAD


                                                          
            La inesperada noticia de la repentina enfermedad de Doña Leonor nos llegó a eso de las seis de la tarde, fue Sara la que nos telefoneó inmediatamente. De forma simultanea fue llamando también al resto de los miembros de la familia que nos reuníamos esa noche a cenar en casa de los padres políticos para celebrar la Nochebuena. La noticia no la podíamos creer, ya que Doña Leonor siempre había conservado una salud de hierro, por eso no dábamos crédito a lo que oíamos al otro lado del teléfono, a esos gritos que se oían de fondo y que daba don Florencio, pidiendo un médico; no podía ser que ese pequeño desmayo llegara en las postrimerías de una noche tan importante para nosotros, para una familia con tanta tradición en celebrar la Nochebuena...
            Cuando llegamos nosotros, el médico se encontraba explorando a la paciente en la habitación grande, la puerta de la habitación matrimonial estaba cerrada a cal y canto, había órdenes precisas para que nadie osara a entrar; de ello se encargaba Sara. Ninguno de los que habíamos llegado a la casa hicimos el menor intento de entrar, ya que la autoritaria sirvienta, después de treinta años de servicio en la casa se había ganado un merecido respeto. Lo único que sabíamos en ese momento era que dentro de la habitación estaba Don Florencio con el doctor Moreno, junto a la enferma, la supuesta enferma.
            Nos fuimos al salón de la casa donde estaba dispuesta la gran mesa para la cena, nos íbamos reuniendo allí los restantes miembros de la familia conforme llegaban a la casa, y hacíamos los primeros comentarios, maldiciendo a la fatalidad por un imprevisto tan desgraciado, pero en todo momento y eso si que queremos decirlo desde el principio, que nunca tuvimos la menor duda de que la cena se celebraría, a pesar de este lamentable percance.
            Después de un buen rato de espera en el salón, apareció Don Florencio informándonos, que la enferma había mejorado, que en principio según el médico no era preciso trasladarla al hospital, pero tenía que guardar reposo riguroso, y tomar unas pastillas, acaso si evolucionaba bien a la llegada de la noche, doña Leonor se podría levantar un ratito para poder cenar junto a sus cuatro hijos, las mujeres de éstos y los nietos. También dijo que debería de haber un gran silencio en la casa, y sería preciso que los niños aguardaran en la habitación del fondo para evitar molestias. El médico salió de la habitación dirigiéndose también al salón y una vez en él dio las instrucciones oportunas, se despidió de la familia deseándonos una feliz noche, para terminar dijo que si había cualquier recaída no dudáramos en llamarlo por teléfono, le dijo algo en el oído a Carlos, el hijo mayor (pero ninguno de los que estábamos en el salón llegamos a escuchar lo que le había dicho) e inmediatamente salió de la casa.
            Reunidos todos en el salón, una vez escuchadas las instrucciones médicas decidimos la forma de organizarnos para poder atender debidamente a la enferma (sólo el marido y la sirvienta tuvieron el permiso de entrar en la habitación) y de paso poder preparar la cena, que era tan importante para nuestra familia. Decidimos que había que adelantar la hora prevista para evitar incidentes posteriores dado el estado de Doña Leonor.
            Enseguida nos fuimos a la cocina a poner en marcha la cena, nos repartimos funciones, siempre bajo la autorización de Sara, que iba y venía de la habitación de la enferma con instrucciones concretas de ésta, que era la que en realidad dirigía la acción, siempre había sido así, doña Leonor era la que año tras año se había encargado de preparar la cena de Nochebuena. Al rato de estar en la cocina, alguno de nosotros tuvo la idea de abrir una botella de vino para empezar a animar un poco la noche, en verdad ésta era una costumbre de siempre, aunque todos nos miramos interrogándonos si ésta decisión le disgustaría a Sara, que en ese momento llegaba a la cocina con la noticia de que a la señora le había repetido el desmayo, quizás un poco más flojo que la vez anterior, y que el señor de la casa había dicho que alguno de los hijos llamara urgente por teléfono al médico. Fue Carlos el que llamó al doctor Moreno, para informarle del nuevo vahído de doña Leonor, el médico, recomendó que se le diera una de las pastillas que había dejado junto a la mesita de noche y que la dejaran dormir hasta la hora de la cena.
            Mientras seguíamos los preparativos de la cena alguno de nosotros nos habíamos acercado por el gran pasillo de la casa a la habitación de la enferma y habíamos intentado pararnos junto a la puerta y poder escuchar algo de lo que ocurría dentro, ya que Sara hacía un rato que no nos traía noticias, pero no se escuchaba nada desde fuera, nuestra preocupación en ese momento crecía, ya que nos daba la impresión de que las cosas no iban bien y corría el peligro de que en cualquier momento se tuviera que retrasar la cena y salir a toda prisa para el hospital. Pero afortunadamente la sirvienta vino al rato hasta la cocina con la noticia de que la anciana se recuperaba estupendamente y no había motivo de mayor preocupación.
            A las nueve de la noche todo estaba preparado para cenar, los hijos enviaron a la sirvienta para que intentara levantar a la enferma, y pudiera cenar con el resto de la familia. Vimos aparecer por el pasillo a Doña Leonor con  gran palidez en el rostro junto a la sirvienta, a pasos muy lentos se dirigían al salón, y nos dio una gran alegría, ya que algunos de nosotros habíamos pronosticado que Doña  Leonor no estaría en condiciones de cenar junto a toda la familia. Avisaron también a los niños, que salieron en tropel en ese mismo momento de la habitación del fondo, y estuvieron a punto de tirar a la abuela al suelo, hubo en ese momento un gran silencio; ya que íbamos casi todos por el gran pasillo de la casa, al que habíamos ido a esperar a doña  Leonor a la puerta de su habitación.
            Con un gran esfuerzo físico sentó Sara a la anciana en su sitio de siempre en la  gran mesa del salón, también en ese momento nos sentamos todos alrededor de ésta en nuestros sitios habituales, por un momento llegamos a pensar que todo andaba bien, que la cena discurriría como todos los años. Enseguida empezó a servir Sara los diferentes platos que se habían preparado, Don Florencio sentado junto a su mujer parecía estar de  buen humor, los niños empezaban a alborotarse como de costumbre antes de ser servidos. Todos mirábamos a Doña Leonor, contemplábamos su cara pálida, cuando de pronto la anciana se desplomó sobre la silla, los ojos se le pusieron en blanco bajo unos párpados que oscilaban de una manera mecánica. Rápidamente el marido pidió las pastillas que había recomendado el doctor Moreno, y fue Carlos el que corrió hasta la habitación de sus padres para llegar de nuevo al salón con el remedio; también fue el hijo mayor el que le abrió la boca y le introdujo a la madre dos pastillas en la boca, unos instantes después
 doña  Leonor recobró el conocimiento y pareció sentirse mejor, por lo cual  decidimos  que  la  anciana  permaneciera  en  la  mesa  para poder  ser  controlada  mejor  mientras  terminábamos  de  cenar.  Por otra parte, el marido no dejaba en ningún instante de                                   preocuparse por ella, y esto servía para que nosotros pudiéramos disfrutar un poco más de una noche tan especial.
            La verdad es que cenamos con mucha prisa, sin dejar de observar en ningún momento a la enferma, que apenas se molestaba en llevarse algo de comida a la boca, suponíamos por otro lado que la pobre no tendría mucho apetito, por lo cual después de los postres aceleramos el trámite del champán y los dulces, decidiendo pasar enseguida a cantar los villancicos que año tras año habíamos ido aprendiendo en nuestra familia.
 Mientras cantábamos los villancicos, la enferma parecía tener mejor cara, serían las pastillas que por fin le estaban haciendo el efecto deseado por todos nosotros, además procurábamos no alzar mucho la voz para que ella no se sintiera en ningún momento incómoda, aunque éramos conscientes de que a ella las fiestas navideñas siempre le habían gustado mucho; incluso en algún momento observamos como hacía grandes esfuerzos en mover los labios para acompañarnos en nuestros cantos.
Pasados unos minutos de la media noche pensamos que lo mejor era  dar por terminada la cena navideña, no procedía alargar la estancia en casa de los padres políticos, ya que ellos son gente que acostumbra acostarse temprano, y más dadas las circunstancias de la noche; también los niños cuando llegan esas horas se ponen insoportables. Antes de irnos ayudamos un poco a Sara a recoger la mesa, aunque ella se negaba; tras lo cual nos despedimos de Doña Leonor y de Don Florencio; nos obstinamos en ayudar a acostar a la anciana, a lo cual ella se negó, prefiriendo quedarse un rato viendo la televisión, cosa que irritó a alguno de sus hijos, sobre todo a Carlos que se hubiera marchado mas tranquilo con la enferma en la cama. De todas maneras al irnos, insistimos a Sara que no dudara en llamarnos por teléfono en cualquier momento si Doña Leonor empeoraba.

A las diez de la mañana del día siguiente sonó el teléfono, nosotros que aún seguíamos en la cama nos asustamos mucho, pensando que la anciana habría empeorado, pero al coger el teléfono rápidamente desapareció la preocupación, porque era Doña Leonor, y por la voz parecía recuperada del todo; nos invitaba a comer ese día en su casa, para celebrar como Dios manda la comida del primer día de Navidad, que es tan tradicional en una familia como la nuestra.


                                                       Altorreal. 25-12-2000.

                                                                   















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