sábado, 2 de marzo de 2019

              UN POEMA DE YORGOS SEFERIS, POETA GRIEGO


                                                  HELENA




Teucro: A la tierra de Chipre, en medio del mar, donde
Apolo dispuso mi nuevo hogar, la llamaré
Salamina, en memoria de mi isla, de mi patria
perdida.
Helena: Jamás estuve en Troya fue un simulacro
El mensajero: ¿Qué dices?
¿Entonces hemos sufrido por una nube?
(Eurípides, Helena)



Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres."

Tímido ruiseñor, escondido en la respiración de las hojas,
tú que regalas la frescura musical del bosque
a los cuerpos separados y a las almas
de aquellos que saben que no regresarán.
Ciega voz, que tanteas en la memoria nocturna
pasos y gestos, no me atrevería a decir besos;
y la amarga agitación de la furiosa cautiva.
"Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres."
¿Qué es Platres? ¿Quién conoce esta isla?
He pasado mi vida oyendo nombres desconocidos:
nuevos lugares, nuevas locuras de los hombres
o de los dioses; mi destino, que oscila
entre el último golpe de la espada de un Ayax
y una nueva Salamina, me trajo aquí a esta playa.
La luna surgió del mar como Afrodita;
ocultó las estrellas de Sagitario, va ahora a encontrar
el corazón de Escorpio, y todo lo cambia.
¿Dónde está la verdad?
Yo también fui arquero en la guerra:
mi destino, el de un hombre que no dio en el blanco.
Ruiseñor, juglar,
en una noche como ésta en la playa de Proteo
te escucharon las esclavas espartanas y prorrumpieron en lamentos,
y entre ellas —quién diría— ¡Helena!
Aquella que perseguimos durante años junto al Escamandro.
Estaba allí, al borde del desierto; la toqué, me habló:
"No es verdad, no es verdad", gritaba,
"No entré en la nave de proa azul.
Nunca pisé la valiente Troya".
Con el cóncavo corpiño, el sol en los cabellos y aquel talle,
sombras y sonrisas por todas partes,
en los hombros, en los muslos, en las rodillas;
fresca la piel, y los ojos
de largas pestañas,
estaba allí, a orillas de un Delta.
¿Y en Troya?
En Troya nada —un simulacro.
Así lo quisieron los dioses.
Y Paris se acostaba con una sombra como si fuera un cuerpo sólido;
y nosotros matamos durante diez años por Helena.
Un gran dolor había caído sobre Grecia.
Tantos cuerpos arrojados
a las fauces del mar, a las fauces de la tierra;
tantas almas entregadas como trigo a la piedra de los molinos.
Y los ríos se henchían de sangre y de lodo
por una onda de lino, por una nube,
por el aleteo de una mariposa, por un plumón de cisne,
por una túnica vacía, por una Helena.
¿Y mi hermano?
Ruiseñor ruiseñor ruiseñor
¿Qué es un dios? ¿qué no es un dios? ¿Y qué entre los dos?
"Los ruiseñores no te dejan dormir en Platres."
Ave llorosa, en Chipre la besada por el mar
donde fue dispuesto que me acordara de la patria,
anclé sólo con esta fábula,
si en verdad esto es fábula,
si en verdad los hombres no volverán a morder
el viejo cebo de los dioses;
si en verdad otro Teucro, después de años,
o algún Ayax o Príamo o Hécuba
o algún desconocido, alguien anónimo, que sin embargo
vio un Escamandro rebosante de cadáveres,
no tiene en su destino oír
al mensajero que viene a decir
que tanto dolor tanta vida
fueron al abismo
por una túnica vacía, por una Helena.


 (De Diario de a bordo, III)

[Selección de la profesora Mercedes Ortiz]


                                    (Imagen: Yorgos Seferis)



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